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En esta serie de las 100 palabras más bellas de Japón, hemos llegado a la que es quizás la más importante para mí. No lo digo a la ligera. A lo largo de esta aventura hemos explorado conceptos que me han emocionado, sorprendido y hecho reflexionar profundamente. Pero esta es diferente. Esta la siento mía de un modo que ninguna otra puede serlo, porque no la encontré en ningún libro ni me la enseñó ningún maestro. Esta palabra la creé yo. Y esa palabra no es otra que Hanasaki.
Puede que eso te sorprenda. A mí también me sorprendió cuando me di cuenta de que era posible. El japonés es un idioma que, a diferencia de muchos otros, permite este tipo de creaciones con una naturalidad asombrosa. La razón está en su propia arquitectura. La mayor parte de las palabras japonesas están construidas a partir de símbolos llamados kanji, cada uno de los cuales porta un significado propio. Al combinar dos o tres de ellos, se genera un concepto nuevo, más preciso, capaz de nombrar aquello que quizá antes no tenía nombre.
Es, en cierto modo, como mezclar colores primarios para obtener un matiz que nadie había visto antes. Esa posibilidad de crear, de nombrar lo que sientes o lo que imaginas, me parece uno de los regalos más hermosos que tiene la lengua japonesa. Y fue exactamente eso lo que hice con Hanasaki.
Hanasaki
花咲
La flor que florece

La palabra está formada por dos kanjis:
花 > Hana > Flor 咲 > Saki > Que florece
Juntos dan lugar a algo que podríamos traducir como la flor que florece, aunque en japonés esa repetición tiene un matiz poético que en español es difícil de capturar. No se trata de una flor cualquiera, abierta y estática. Se trata del acto de florecer, del proceso vivo y dinámico de sacar a la luz lo que hasta entonces permanecía guardado.
Esta palabra nació de una necesidad muy concreta. Llevaba un tiempo construyendo un sistema basado en lo que, a mi juicio, son las enseñanzas más valiosas que la cultura japonesa tiene para ofrecer en materia de calidad de vida. Un método pensado para ayudar a las personas a vivir más tiempo, con más propósito, con más salud y con mayor equilibrio. Cuando llegó el momento de ponerle nombre a ese proyecto, me di cuenta de que ninguna de las palabras que ya existían terminaba de capturar la esencia de lo que quería transmitir.
Le di muchas vueltas. Probé con términos conocidos, con combinaciones de conceptos, con palabras que admiro. Nada acababa de convencerme. Y entonces, como suele suceder con las mejores ideas, llegó sin que la llamara. Llegó en forma de imagen: una flor de cerezo.
Me acordé de lo que significa para los japoneses que los árboles de sakura comiencen a florecer. No es un simple cambio de estación. Es un acontecimiento que paraliza el país, que congrega a familias enteras bajo las ramas, que inspira poesía y canciones desde hace siglos. Para los japoneses, ese momento en el que los cerezos explotan de color es la confirmación de que algo que parecía dormido, algo que aguardaba en silencio bajo la superficie, encuentra por fin su momento de brillar.
Aquello que había permanecido en estado latente saca a la luz todo su esplendor y llena de flores allá donde alcanza la vista. Esa imagen me habló directamente. Y en ella encontré la palabra que estaba buscando.
Porque el deseo que envuelve Hanasaki no es otro que ese: impulsar a las personas a hacer florecer la mejor versión que llevan dentro. Y estoy convencido de que todos la llevamos.
A veces cuesta creerlo. Vivimos en un mundo que nos compara constantemente, que nos recuerda lo que nos falta más que lo que tenemos, que nos hace dudar de si somos suficientes. Pero cuando observo a las personas con las que he tenido la fortuna de trabajar, cuando escucho sus historias y veo sus transformaciones, la conclusión es siempre la misma: cada ser humano alberga una grandeza enorme en su interior. El problema no es la ausencia de esa luz, sino que la mayoría nunca llega a descubrirla, y mucho menos a dejarla brillar hacia fuera.
¿Qué hace falta para que eso cambie? En mi experiencia, y después de más de dieciséis años de relación profunda con Japón y su cultura, identifiqué nueve grandes áreas que, bien trabajadas, pueden llevar la vida de una persona al siguiente nivel. No son compartimentos estancos ni recetas milagrosas. Son pilares que se sostienen mutuamente y que, juntos, configuran una forma de vivir más consciente y más plena.
Esas nueve áreas son: Naturaleza, Paz interior, Salud, Actitud, Minimalismo, Kaizen, Ikigai, Relaciones y Principios. Cada una de ellas recoge siglos de sabiduría japonesa condensada en prácticas concretas y aplicables. No son conceptos abstractos: son formas de estar en el mundo que los japoneses han perfeccionado durante generaciones y que, trasladadas a nuestra realidad cotidiana, pueden marcar una diferencia real.
El sistema Hanasaki es, en esencia, un mapa para ese viaje. Un método claro y bien definido que ayuda a aumentar la esperanza de vida a la vez que permite gozar de mayor plenitud y satisfacción personal. Un camino hacia esa flor que cada uno lleva dentro y que todavía está esperando su momento de abrirse.
Quizá por eso esta es la palabra más importante de toda la serie para mí. Porque no la encontré: la construí. Y al construirla, sin saberlo todavía, estaba también construyendo el camino que luego compartiría con miles de personas. Hay algo muy hermoso en eso. Algo que, cada vez que lo pienso, me recuerda por qué empecé todo esto.
La flor que florece. Hanasaki. La mejor versión de ti, esperando salir.
Esta palabra forma parte de la serie Las 100 palabras más bellas de Japón. Descúbrelas todas.





