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¿Alguna vez habías podido imaginar que esta palabra que tanto has escuchado antes reflejara un significado tan profundo? Hoy en la serie de Las 100 Palabras más bellas de Japón voy a explicarte qué hay detrás del término Aikido y qué puede enseñarnos. Ya te adelanto que es mucho, y que, cuando termines de leer, es probable que nunca vuelvas a escuchar esa palabra de la misma manera.
Aikido
合気道
El camino de la armonía del espíritu

El arte marcial de mayor componente filosófico
El Aikido es un arte marcial japonés fundado por Morihei Ueshiba, también conocido como el osensei (gran maestro). De entre todas las artes marciales que existen en Japón, me atrevería a decir que es la que mayor componente filosófico tiene de todas ellas. Ya en su nombre podemos ver la esencia que se esconde detrás de esta relativamente joven disciplina que nació a principios del siglo XX.
Tres caracteres, tres conceptos. Cuando los contemplo juntos me parece casi imposible que una sola palabra pueda contener tanto:
Ai – 合 – Unión / Armonía
Ki – 気 – Energía / Espíritu
Do – 道 – Camino
O lo que sería lo mismo: «El camino de la armonía del espíritu» o «El camino de la unión de la energía». El principal objetivo del Aikidō es hacer las paces con el enemigo. Por ello, a través de sus diferentes técnicas, se busca reducir al oponente sin dañarlo y sin humillarlo. En otras palabras, usar la fuerza del adversario contra sí mismo, sin atacarlo directamente. Esta idea, tan sencilla de enunciar y tan difícil de practicar, es en realidad una metáfora perfecta de cómo podríamos relacionarnos con el conflicto en todos los ámbitos de la vida.
Un verdadero practicante de Aikido que haya interiorizado los principios fundamentales de este arte marcial nunca trataría de dañar al adversario, ni siquiera debería albergar odio ni ánimo de destrucción en su interior. Su voluntad será la de armonizar ambas energías —la suya y la del oponente— para que sean una con el universo. Cuando lo pienso detenidamente, me parece un principio verdaderamente revolucionario: en lugar de buscar la victoria, buscar la unidad.

El Aikido es un arte únicamente defensivo
El Aikido es un arte únicamente defensivo y busca controlar el ataque de un adversario mediante el uso de movimientos suaves y fluidos. Aplica proyecciones e inmovilizaciones que logran aprovechar la energía del atacante para controlarlo sin provocarle daño. Cuanto más fuerte nos agreda, más fuerte será la respuesta que reciba. La energía que utiliza para atacarnos se vuelve contra él en una proporción equivalente.
El agua es el gran maestro aquí. Nunca choca con nada, nunca se quiebra. Cuando algo la empuja, se aparta y rodea. Cuando algo la golpea, se abre y vuelve a cerrarse. El Aikido aplica exactamente esa lógica al cuerpo humano y, por extensión, a la mente. No hay en él lugar para la rigidez ni para el orgullo de quien necesita «ganar» a toda costa.
Si estudiamos la vida de Morihei Ueshiba, veremos que durante largos años mantuvo un contacto estrecho con un grupo religioso sintoísta conocido con el nombre de Omoto Kyo. Allí fue donde aprendió los preceptos de esta tradición, basados en que en el interior de todos los elementos naturales yace una energía divina con la cual nos conectamos. El sol, el viento, la roca, el río: todo está animado por una misma fuerza, todo respira bajo una misma armonía.
Esta visión espiritual del mundo impregna cada técnica del Aikido. No estás entrenando movimientos mecánicos; estás aprendiendo a relacionarte con la energía. La del adversario, la de la tierra bajo tus pies, la del espacio que te rodea. Es, quizás, una de las formas más antiguas y más honestas de comprender la meditación en movimiento.

El verdadero espíritu de las artes marciales
El maestro Morihei Ueshiba llegó a la conclusión de que el verdadero espíritu de las artes marciales no debería centrarse solamente en el combate, la defensa personal o la competencia deportiva, donde el orgullo y el ego se potencian, sino en la búsqueda de la perfección física, mental y espiritual del ser humano, a través del entrenamiento constante, la autorreflexión y la práctica continua.
Cuando lees eso, ¿no sientes que está hablando de algo mucho más universal que el combate? Porque a mí, cuando lo descubrí por primera vez, me pareció que estaba describiendo la vida misma. El entrenamiento como metáfora. La caída y la recuperación como filosofía. El adversario como espejo.
El Aikido es, como podéis ver, algo más que un arte marcial. Es un camino que nos lleva a la realización personal. Morihei Ueshiba era un poeta, filósofo amante de las artes como la caligrafía o la pintura. Una persona con un profundo sentimiento de unión con la naturaleza. Nos dejó muchas enseñanzas valiosas, con mensajes que siguen siendo igual de válidos hoy que en el siglo pasado. Y yo, que llevo más de dieciséis años aprendiendo de la cultura japonesa, cada vez que vuelvo a ellas encuentro un matiz nuevo.
Aquí te comparto las que más me han marcado:
«Mantén siempre tu mente tan luminosa y clara como el vasto cielo, el gran océano y el pico más alto: vacía de todo pensamiento. Mantén siempre tu cuerpo lleno de luz y calor. Llénate a ti mismo con el poder de la sabiduría y la iluminación»
Cuando leo esta cita, pienso en lo que cuesta realmente vaciar la mente. En lo mucho que nos resistimos a soltar. El Aikido nos enseña que esa resistencia es, en sí misma, la fuente de nuestra debilidad.
«Estudia las enseñanzas del pino, del bambú y de la flor del ciruelo. El pino está siempre verde, firmemente enraizado y es venerable. El bambú es fuerte, resistente e inquebrantable. La flor del ciruelo es vigorosa, perfumada y elegante»
Tres naturalezas, tres virtudes. Japón lleva milenios enseñando a través de la naturaleza, y esta cita lo resume de manera perfecta: hay momentos en los que necesitas ser pino, firme y enraizado; otros en los que debes doblarte como el bambú sin romperte; y otros en los que simplemente tienes que florecer, a pesar del frío.
«El Arte de la Paz no es fácil. Es una lucha hasta el fin, la matanza de los malos deseos y de la falsedad interior. En algunas ocasiones, la voz de la paz resuena como un trueno, sacudiendo a los seres humanos y sacándolos de su letargo»
«Las técnicas emplean cuatro cualidades que reflejan la naturaleza de nuestro mundo. Según las circunstancias debes ser duro como el diamante, flexible como el sauce, de suave fluir como el agua, o tan vacío como el espacio»
«Si tu oponente te ataca con fuego, responde con agua, hazte totalmente móvil y de libre fluir. El agua, por su naturaleza, nunca choca con nada ni se quiebra. Por el contrario, absorbe todo ataque y queda indemne»
Esta es quizás la enseñanza más práctica de todas, y la que más veces me he tenido que repetir a mí mismo en momentos complicados. No reaccionar con la misma energía que nos ataca. No devolver fuego con fuego. Convertirse en agua. Parece sencillo y no lo es, pero cuando lo consigues aunque sea un instante, algo cambia en ti de manera permanente.
«Si tu corazón es amplio como para abarcar a tus adversarios, puedes ver a través de ellos y evitar sus ataques. Una vez que los has abarcado, serás capaz de guiarlos por el camino que el cielo y la tierra te han señalado»
«El Maestro sólo es Maestro porque, olvidándose de sí mismo, ha trasmitido su saber a sus alumnos, y a través de ellos, a aquellos que vendrán más tarde. El discípulo, solo es discípulo porque se ha entregado en cuerpo y alma a su maestro»
Esta última cita me resulta especialmente emocionante porque define la transmisión del conocimiento de una manera que va mucho más allá del aula. Enseñar no es demostrar cuánto sabes; es borrarte a ti mismo para que el otro pueda crecer. Y aprender no es acumular información: es entregarse con confianza a quien te guía.
El Aikido, en definitiva, es una de esas palabras japonesas que no tienen traducción perfecta porque no describen un concepto: describen una actitud ante la vida. La actitud de quien no busca dominar, sino armonizar. La de quien no busca vencer, sino comprender. Y esa actitud, aunque nacida en los tatamis de un dojo japonés, sirve igual de bien en una conversación difícil, en una relación que atraviesa turbulencias, o en el diálogo interno que todos mantenemos con nosotros mismos cada día.
Si hay algo que Japón me ha enseñado a lo largo de estos más de dieciséis años, es precisamente eso: que la fuerza más poderosa no es la que empuja, sino la que fluye.
Esta palabra forma parte de la serie Las 100 palabras más bellas de Japón. Descúbrelas todas.





