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A estas alturas, supongo que ya sois conscientes de la profunda conexión que tienen los japoneses con la naturaleza. No es algo que digan de boquilla: se refleja en su idioma, en sus costumbres y en la manera en que prestan atención a lo que ocurre a su alrededor. Y si hay algo que me parece especialmente fascinante de la lengua japonesa, es su capacidad para capturar en una sola palabra momentos que en español necesitaríamos una frase entera para describir.
Los japoneses disponen de una gran variedad de palabras específicas para hablar de esos instantes irrepetibles que ocurren en los bosques, el mar y las montañas. Hatsune es una de ellas.
Hatsune
初音
El primer canto de pájaro del año
Los símbolos kanji que la forman significan lo siguiente:
初 – hatsu – «primer»
音 – ne – «sonido»
Aunque si la traducimos de forma literal obtendríamos algo así como «primer sonido», los japoneses la utilizan para describir algo mucho más concreto: el primer canto de los pájaros que se escucha al inicio de cada año. Y especialmente están hablando del ruiseñor.
Imagínalo por un momento. Al terminar la noche del Oshōgatsu (お正月) —que es la celebración de Nochevieja en Japón, ese momento en que se despide el año que acaba y se da la bienvenida al que llega— te vas a la cama con una sensación muy especial. Sabes que cuando abras los ojos, será otro año. Será, literalmente, otro capítulo. Algo simbólico habrá pasado mientras dormías.
Y entonces, a la mañana siguiente, al despertar, quizás escuches el Hatsune. Ese primer trino del ruiseñor que rompe el silencio del año nuevo. Y eso te hará sonreír. No porque sea algo extraordinario —los pájaros cantan todos los días—, sino precisamente porque te recuerda que, aunque el calendario se reinicia y vuelve a ser el día uno de enero, las pequeñas cosas bonitas que ocurren todos los días se mantienen. El canto de los pájaros sigue estando ahí. No ha desaparecido con el año anterior. Aparece para darte la bienvenida a una nueva temporada llena de oportunidades.
Tengo la sensación de que los japoneses aprecian profundamente los nuevos comienzos. Esa idea de que siempre hay una oportunidad de volver a empezar, de rehacer aquello con lo que no estamos conformes, de liberar espacio para lo que está por llegar. Y eso no solo se expresa en palabras: también se refleja en sus tradiciones.
Una de las costumbres que más me ha llamado la atención es la del osōji, que significa literalmente «la gran limpieza». Es la práctica japonesa de empezar el año haciendo una limpieza profunda en casa: retirar todo lo que sobra, ordenar lo que se queda, despejar el espacio para que haya sitio para todo lo nuevo. No es solo una limpieza física. Es un gesto simbólico. Es decirle al mundo —y a uno mismo— que estás listo para recibir lo que venga.
Me parece que el Hatsune y el osōji hablan de lo mismo, aunque desde ángulos distintos. Uno llega desde fuera —ese canto del pájaro que no puedes controlar, que simplemente ocurre cuando toca—. El otro viene de dentro —esa decisión consciente de poner orden, de hacer espacio, de prepararse para lo nuevo—. Juntos forman una imagen muy completa de cómo los japoneses entienden el inicio del año: con gratitud por lo que permanece y con disposición activa para lo que está por llegar.
Quizás esta sea una de las cosas que más me enseña Japón: que los nuevos comienzos no son una ruptura con lo anterior, sino una continuación. El ruiseñor que canta el primero de enero es el mismo que cantaba el treinta y uno de diciembre. La diferencia está únicamente en cómo lo escuchamos nosotros.





