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Cada vez más sabemos acerca de la fuerte influencia que posee el lenguaje. La forma en la que nos hablamos, las palabras que decimos y aquellas que navegan por nuestra mente mientras pensamos tienen una repercusión, no solo en nosotros, sino también en las personas que nos rodean. Y sin embargo, rara vez nos detenemos a observar con detenimiento qué palabras habitamos cada día. Cuáles son las que más repetimos, cuáles son las que más nos pesan y cuáles las que, sin saberlo, nos van construyendo o destruyendo por dentro.
Kotodama
言霊
El alma que reside en las palabras
Los dos kanji que forman esta expresión no dejan lugar a dudas sobre su profundidad:
言 – koto – «término, palabra, vocablo»
霊 – dama – «alma»
Kotodama es, literalmente, el alma que reside en las palabras. La energía que llevan encapsulada y que se libera en el momento en que las pronunciamos o las pensamos, ya sea hacia nosotros mismos o hacia quienes las reciben. Para los japoneses, esta no es una metáfora poética: es una convicción profunda sobre el poder real que tienen las palabras en el mundo.
Ningún pensamiento es gratuito. Cada palabra tiene un efecto. Todas generan un impacto que puede ser negativo, positivo o neutral. Es por esto que en 1970 surgió una nueva disciplina conocida con el nombre de PNL (Programación Neurolingüística) de la mano de Richard Bandler, John Grinder y Frank Pucelik en California. Estas personas se dieron cuenta de que cada palabra tiene un kotodama y que, por este motivo, no deberíamos usarlas a la ligera, ya que influyen de diversas formas en muchas facetas de nuestra vida. En la mayor parte de los casos, ni siquiera somos conscientes de ello. El PNL se centra en utilizar las palabras en nuestro favor para sacar lo mejor que llevamos dentro.
Cuando nos hablamos mal a nosotros mismos, cuando utilizamos un lenguaje contra nuestra propia persona que es agresivo, exigente y que denota desprecio, solo logramos agrandar la herida. Esa que un día se creó y que ahora, con nuestro propio vocabulario, seguimos alimentando. Vamos hundiendo poco a poco nuestra confianza y terminamos de creernos lo poco que valemos. Es un ciclo que se retroalimenta: cuanto peor nos hablamos, peor nos sentimos. Y cuanto peor nos sentimos, más fácil nos resulta seguir usando ese mismo lenguaje destructivo.
Cada vez que te dices a ti mismo que no podrás conseguir algo que te has propuesto, que una persona como tú no está hecha para alcanzar aquellos sueños a los que tu alma aspira, solo reconfirmas lo que ya crees y que, por ello, se ha convertido en realidad. El kotodama de esas palabras trabaja en silencio, pero trabaja sin descanso.
Y por supuesto, con esto no quiero defender la manida frase «si quieres, puedes». Lo imposible existe y las limitaciones son reales. Sin embargo, la grandeza del ser humano es inmensa y todos tenemos un enorme potencial en nuestro interior. Normalmente, superior al que imaginamos poseer.
¿Cuántas personas han logrado hacer cosas que desafían la lógica? ¿Cuántos se han enfrentado a la crítica, a la opinión desfavorable, a las palabras llenas de un kotodama pobre que otros han vertido sobre ellos y, a pesar de todo, han roto una barrera que decían que nunca podrían superar? No sé exactamente qué palabras había en la mente de esos seres humanos extraordinarios cuando trabajaban cada día para alcanzar su propósito, pero pondría la mano en el fuego por el hecho de que su lenguaje interior se enfocaba en hacerlos crecer y no al contrario.

Los japoneses cuidan mucho su lenguaje
En Japón, las palabras tienen una relevancia notable. Los japoneses son personas que cuidan mucho su vocabulario, sobre todo cuando están hablando con otra persona. Dedican energía y tiempo a considerar si aquello que van a decir puede dañar a otro, ser ofensivo o hundir la confianza de quien escucha. Es algo que a los occidentales a veces nos cuesta entender, porque estamos acostumbrados a hablar con una inmediatez que no siempre mide las consecuencias de lo que decimos.
Precisamente por este afán de utilizar el mejor lenguaje posible en función de la situación en la que se encuentran, a veces la comunicación entre ellos se hace un tanto compleja, en especial para los extranjeros que tratamos de aprender su idioma y de comunicarnos con ellos. Detrás de cada elección de palabras hay una consideración que va mucho más allá de la gramática: hay una conciencia viva del kotodama, de la energía que cada expresión transporta y que, una vez dicha, ya no puede deshacerse.
La expresión kotodama refleja perfectamente este sentimiento. No es solo una palabra japonesa bonita: es toda una filosofía sobre el poder y la responsabilidad que conlleva comunicarse. Cuando los japoneses eligen sus palabras con tanto cuidado, en realidad están honrando el alma de cada una de ellas.
Con esta reflexión quiero invitarte a pensar sobre las palabras que más utilizas. ¿Eres consciente de cuáles son? A lo mejor ni siquiera te habías detenido a recapacitar acerca de qué términos salen más por tu boca o rondan tu mente a lo largo del día. Y, principalmente, cuál es su kotodama. ¿Te ensalzan? ¿Te hunden? ¿Te dejan indiferente?
Puede que sea el momento de hacer ese ejercicio. De escucharte con atención. De elegir mejor las palabras con las que te hablas, porque esas palabras tienen alma. Y esa alma te va construyendo, o destruyendo, día a día.





