Shibumi: la elegancia japonesa de lo sencillo

Shibumi: La elegancia de los sencillo y austero

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Ep. 1 Las enseñanzas del señor Tokuda
16 octubre, 2020
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Ep 2. “Emprende con consciencia y maximiza tus probabilidades de éxito” con Jesús Alonso
21 octubre, 2020
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Shibumi

Cuando hablamos de Shibumi hablamos de algo sincero, sin artificios. Algo natural y sin pretensión ninguna de destacar. Es lo que es y nada más. Pero justamente por ese motivo, es incluso más bello y elegante. No aspira a enmascarar una realidad que no existe. Hoy, en la serie de Las 100 palabras más bellas de Japón, voy a hablaros de un término que se respira en el ambiente de la cultura tradicional japonesa.

Shibumi

渋み

Cuando resides en Japón el tiempo suficiente como para poder profundizar un poco acerca de cómo son de verdad los japoneses, te das cuenta de que hay una serie de aspectos a los que por naturaleza ellos le tienen una gran estima. Una de esas preferencias innatas se encuentra en el término Shibumi. Una palabra que se utiliza para elogiar la estética real y carente de artificios.

Originalmente viene del adjetivo Shibui (渋い), que significa “amargo” o “astringente”. Hace referencia, por ejemplo, al sabor áspero de un caqui que no ha alcanzado su maduración adecuada. Lo curioso es que el sentimiento que contiene la palabra Shibumi no es negativo en absoluto. Todo lo contrario. Para los japoneses, la amargura no tiene por qué ser necesariamente desagradable. Es uno de esos aspectos de la vida que a veces requiere un período de adaptación antes de que pueda ser plenamente apreciado.

Y eso, precisamente, es lo que hace tan especial a esta palabra. No busca seducirte a primera vista. No pretende impresionarte con un golpe de efecto ni conquistarte con un exceso de ornamento. El Shibumi se revela despacio, con calma, cuando uno está dispuesto a mirar más allá de la superficie. Cuando uno aprende a escuchar lo que ya está presente, en lugar de echar de menos lo que cree que falta.

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kinkakuji

El té matcha y el Kinkaku-ji

Poco después de llegar a Japón, en el que sería mi primer año en el país, crucé la ciudad con mi bicicleta hasta la zona norte de Kioto, donde se ubica el gran Kinkaku-ji, o templo dorado. Cientos de veces había visto esa imagen en fotografías, pero en aquel momento sabía que por fin la retina de mis ojos lo contemplaría en vivo, con toda su excelencia. Podría ver el reflejo de ese hermoso edificio de color de oro en la superficie tranquila del lago sobre el que fue construido. Ese día se convirtió en un recuerdo muy especial para mí.

No solo quedé maravillado durante horas ante el majestuoso Kinkaku-ji, sino que además descubrí en el interior del recinto una encantadora casa tradicional de té. ¿Había algo mejor que degustar el té matcha en un lugar como ese, después de haber contemplado lo que posiblemente sea una de las imágenes más bonitas del mundo? Por supuesto que no.

Todavía recuerdo como si fuera ayer aquel primer sorbo de té japonés Matcha, el mismo que preparan en la famosa ceremonia del té. No tenía ni idea de cómo sería su sabor, al margen de las especulaciones sin fundamento que en mi mente había ideado hasta entonces. ¿Y sabéis qué? ¡Estaba amargo! No sé muy bien por qué, pero pensaba que sería dulce. Quizás esa creencia errónea venía de que durante toda mi vida había tomado el té con azúcar. Sin embargo, los japoneses nunca le echan edulcorantes. Ellos prefieren disfrutar del té tal como es, sin añadidos. Lo disfrutan en su forma más pura.

Matcha

El placer de descubrir la esencia Shibumi

A mí, personalmente, me sorprendió el sabor. Fuerte, amargo y con un toque a hierba fresca. Estuve a punto de dejar la taza y darlo por perdido después de ese primer e impactante sorbo. Pero el lugar mágico en el que me encontraba, sentado sobre el suelo de tatami y con un hermoso jardín japonés frente a mí, viendo cómo aquellas mujeres vestidas de kimono pasaban en sigilo a mi lado para llevar y recoger las tazas de los otros clientes, me dio fuerzas para darle una segunda oportunidad.

Poco a poco fui olvidándome de su toque amargo y empecé a apreciar su verdadera esencia. Empecé a disfrutar del Shibumi. De lo que está completo sin la necesidad de tener que añadirle algo que aparentemente le falta. De la elegancia de lo sencillo y austero. Ese fue, sin saberlo, mi primer contacto con un concepto que con los años he ido incorporando en mi vida diaria.

El ser humano invierte a veces mucho tiempo en adornar, cubrir y enmascarar algo que ya de por sí es bonito. Cuántas veces nos complicamos la vida tratando de llenar un vacío que, en realidad, no precisaba de nada más. Esta es, en el fondo, la enseñanza que nos entrega la ideología Shibumi: la de hacer un pequeño esfuerzo para apreciar el valor de lo que ya de por sí es perfecto.

Creo que hoy en día más que nunca necesitamos esa mirada. La capacidad de detenernos, de respirar hondo y de contemplar lo que ya está presente antes de salir corriendo a buscar lo que creemos que nos falta. La belleza no siempre es ruidosa ni llamativa. A veces es silenciosa, discreta, y espera pacientemente a que te tomes el tiempo de descubrirla. Exactamente como ese primer sorbo de matcha al borde del lago dorado de Kioto.

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Esta palabra forma parte de la serie Las 100 palabras más bellas de Japón. Descúbrelas todas.

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