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Esta es una palabra con la que me siento muy conectado. El significado que contiene es, en mi opinión, una de las mejores formas en las que podríamos llegar a definir la felicidad. Y no es casualidad que sea también una de las palabras más apreciadas en Japón.
Chōwa
調和
La armonía que te hace sentir en paz con la vida
Chōwa es una combinación de dos símbolos kanji, cada uno de ellos con su propio peso y su propio matiz:
調 – chō – «afinar»
和 – wa – «armonía»
Se podría traducir de forma literal simplemente como armonía, y de hecho el segundo kanji —wa (和)— ya recoge ese significado de forma directa. Pero Chōwa va mucho más allá. Cuando unes los dos caracteres, lo que obtienes no es solo «armonía», sino algo así como «afinar la armonía» o «la búsqueda activa del equilibrio». Hay una acción implícita, un proceso continuo, como el de un músico que ajusta constantemente su instrumento para mantener el sonido perfecto. Esa pequeña diferencia lo cambia todo.
Para los japoneses, esta palabra encierra un significado profundo que va mucho más allá de la simple calma superficial. Simboliza ese deseo intrínseco del ser humano de alcanzar una armonía constante que le permita mantenerse imperturbable ante los contratiempos y preservar así su valiosa paz interior. No es un estado que se consigue de una vez y ya está; es una orientación vital que se cultiva día a día, con paciencia y con intención.
Chōwa nos habla, en definitiva, de un estado de serenidad al que solo podemos llegar cuando hemos alcanzado ese punto de equilibrio con la vida que nos permite sentirnos bien prácticamente en cualquier situación. No importa lo que ocurra fuera; si hemos cultivado ese equilibrio interior, tenemos un ancla que nos sostiene cuando las cosas se complican.

Felicidad: algo que no se puede comprar, pero que se puede construir
El concepto de felicidad es, en realidad, bastante etéreo. A la pregunta ¿Qué es la felicidad?, seguramente obtengas tantas respuestas como personas hay en el mundo. Sin embargo, hay algo curioso: algunas de esas respuestas se parecen mucho entre sí. Son aquellas que hablan de un estado más permanente, no de éxtasis ni de euforia, sino de algo parecido a la tranquilidad, a la serenidad y al bienestar constante.
Si tuviera que definir lo que es la felicidad para mí, antes haría una distinción entre dos tipos de conceptos bien diferentes.
Por un lado, existen términos como la alegría, la satisfacción o el gozo. Todos ellos aluden a sensaciones agradables que experimentamos en un momento puntual, normalmente provocado por un acontecimiento externo a nosotros. Quizás algo que nos hemos comprado, una meta que hemos logrado, o un gesto que otra persona ha hecho por nosotros. Son momentos hermosos, sí, pero efímeros. Llegan y se van, y cuando se van, a menudo los buscamos de nuevo en el exterior.
Y por otro lado, tenemos conceptos como la paz, la armonía o el equilibrio. Estos son estados que no se pueden alcanzar utilizando elementos externos, sino que nacen desde lo más profundo de nuestro ser. No los podemos comprar ni recibir. Para poder experimentarlos, tenemos que construirlos desde dentro.
Esta distinción me parece fundamental. Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente hacia el primer tipo de felicidad: la que se obtiene con logros, adquisiciones y reconocimiento externo. Y eso no está mal en sí mismo, pero cuando esa es la única felicidad que conocemos, nos volvemos muy frágiles. Dependemos de que las circunstancias externas nos acompañen, y eso nunca está garantizado.
Por este motivo, en el sistema Hanasaki —los 9 pilares de Japón para una vida centenaria— uno de esos pilares es Uchi Naru Heiwa, que significa «la paz que nace desde el interior». Es decir, lo que sería alcanzar el Chōwa. La búsqueda del equilibrio interior es, en mi opinión, uno de los caminos que todo ser humano debería recorrer a lo largo de su vida. No porque sea sencillo, sino precisamente porque es necesario.
Acercarnos al Chōwa es una de las únicas formas de alcanzar una felicidad duradera que no dependa de lo que hay fuera, sino que sea un tesoro que nosotros mismos podamos producir independientemente de la adversidad que nos rodee. Cuando afinamos esa armonía interior, cuando trabajamos ese equilibrio desde adentro, construimos algo que nadie nos puede quitar. Esa, para mí, es la felicidad más real y más sólida que existe.





