
Ep. 70 “Sácale partido a la lectura” con Luis Ramos
9 marzo, 2022
Ep. 71 Conviértete en dueño de tus emociones y aplica la dieta Hipo Informativa (Pilar Paz interior)
16 marzo, 2022
Kagayaku josei es una palabra compuesta que fue usada por el primer ministro Shinzo Abe al hablar de la importancia de permitir que las mujeres alcanzaran todo su potencial en la sociedad japonesa actual. Hay muchos sectores que coinciden en que la política económica de Abe puso mucho énfasis en la mujer como figura clave en el crecimiento y en la recuperación económica de Japón. Si esa intención era genuinamente transformadora o respondía más a un cálculo estratégico, es algo sobre lo que prefiero no pronunciarme con rotundidad. Lo que sí está fuera de toda duda es el peso simbólico que tiene la expresión en sí misma.
Kagayaku josei
輝く女性
Las mujeres que brillan
輝く – kagayaku – «brillante, deslumbrante»
女性 – josei – «mujer»
De entre las muchas carencias que desde mi punto de vista tiene la sociedad japonesa en comparación con otros países, destaca sin duda su retraso histórico en la equiparación de los derechos y de la consideración social de la mujer. No es algo exclusivo de Japón, por supuesto, pero resulta especialmente llamativo en un país que en tantos otros ámbitos muestra una sofisticación y una cohesión social admirables. En este terreno concreto, sin embargo, han ido por detrás de Europa o de América del Norte durante décadas, y esa distancia todavía no se ha cerrado del todo.
Lo interesante es que Japón ha iniciado en los últimos años una deriva clara hacia la igualdad. Y esa deriva no ha venido únicamente desde arriba, desde las instituciones o desde los líderes políticos, sino también desde la propia sociedad civil, que ha ido elevando la voz de forma cada vez más decidida. Que un primer ministro use públicamente la expresión kagayaku josei —las mujeres que brillan— y la convierta en emblema de su agenda económica dice algo sobre el lugar hacia el que el país quiere apuntar.
En 2014 ocurrió algo que supuso un antes y un después en esta trayectoria de cambio. Concretamente en la Asamblea Metropolitana de Tokio, donde se debatía sobre políticas de maternidad. La joven diputada opositora Ayaka Shiomura, de treinta y cinco años, tomó la palabra para defender los programas de tratamiento de la infertilidad. En ese momento, la bancada del gobernante Partido Liberal Demócrata se agitó. En tono burlesco, el diputado Akihiro Suzuki preguntó a Shiomura por qué no estaba casada y, según algunos de los presentes, llegó incluso a cuestionar en voz alta si podía tener hijos. A Shiomura se le escapó alguna lágrima mientras intentaba mantener la compostura en el estrado. Suzuki, por su parte, salió de la sesión negando con rotundidad haber pronunciado esos comentarios.
Tras una semana de indignación en las redes sociales y un comunicado de censura de su propio partido, el político tuvo que reconocer finalmente sus palabras y realizar dos simbólicas inclinaciones de disculpas ante todos los medios de comunicación. Una ante Shiomura y otra ante todo el país. Esta imagen recorrió el mundo entero, precisamente porque era la primera vez que algo así sucedía en Japón. Unos años antes, posiblemente este asunto habría sido silenciado y gestionado de forma discreta, sin ruido ni consecuencias públicas. Pero en ese momento Japón ya no podía permitirse ese silencio: un comportamiento de este tipo había dejado de ser tolerable.
Para mí, este episodio es una señal esperanzadora, aunque imperfecta. No porque el comportamiento de Suzuki sea algo que celebrar, evidentemente, sino porque la respuesta que generó —la indignación masiva, la presión sostenida hasta lograr el reconocimiento público, las disculpas formales ante toda la nación— revela que algo ha cambiado de manera profunda en la conciencia colectiva japonesa. Ver cómo este tipo de situaciones generan un rechazo tan amplio y visible quiere decir que hay un cambio de conciencia en marcha.
Y los cambios de conciencia son los más duraderos, porque no dependen de que llegue un líder distinto ni de que cambie una ley. Germinan en las personas, en las conversaciones cotidianas, en la forma en que los padres educan a sus hijos, en lo que una sociedad ya no está dispuesta a tolerar en silencio. Es reconfortante comprobar que Japón también empieza a darse cuenta de lo absurda que es la creencia de que los hombres son más valiosos o más capaces que las mujeres. Es una pena que a lo largo y ancho del globo las mujeres hayan tenido que luchar tanto para conseguir poner en marcha un movimiento de cambio que permita acabar borrando esas ideas de la mentalidad colectiva. Pero el movimiento existe, y avanza.
La utilización de la expresión kagayaku josei es, en este contexto, mucho más que un eslogan político. Es una forma de nombrar algo que ya existe pero que necesita ser reconocido y celebrado: el grandísimo potencial que tienen las mujeres en todos los ámbitos de la vida. En el profesional, en el económico, en el creativo, en el científico, en el político. Solo cuando todos entendamos esto de verdad —no como teoría sino como convicción vivida— podremos avanzar realmente como humanidad.
Y aquí me gustaría ir un paso más allá. Esta reflexión no es solo sobre las mujeres. Es sobre la igualdad de todas las personas que existen en el mundo. Las diferencias que algunos creen ver entre la gente por su color de piel, por su sexo o por su orientación sexual son únicamente un producto de la mente humana. Construcciones que se han utilizado durante siglos para justificar estructuras de poder injustas, pero que no tienen ninguna base real. Nunca han existido y nunca existirán.
¿Llegará el día en que el mundo entero entienda y viva esta idea? Ojalá que sí. Y mientras tanto, palabras como kagayaku josei —las mujeres que brillan— me recuerdan que el lenguaje también puede ser un acto de reconocimiento. Nombrar el brillo es, en cierta forma, ayudar a que resplandezca.





