Oborozukiyo: una noche con luna brumosa - Marcos Cartagena

Oborozukiyo: una noche con luna brumosa

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Oborozukiyo

Esta es una de esas palabras que hablan de un momento especial relacionado con la naturaleza. Un instante que se da en pocas ocasiones, pero que cuando lo presencias puede llegarte a embragar si eres capaz de apreciar su belleza. No hace falta que sea espectacular. Solo tienes que estar dispuesto a mirarlo.

Para los japoneses, esas noches en las que la Luna llena se combina con una ligera bruma que la cubre son algo digno de ser apreciado. Son momentos que merecen que dediquemos una pequeña parte de nuestro tiempo a sentarnos y contemplar el paisaje sin prisa, sin otro propósito que el de estar presentes.

Oborozukiyo

朧月夜

Una noche con luna brumosa

Solo se necesitan tres símbolos kanji para definir un acontecimiento tan singular como este:

朧 → oboro → neblina

月 → zuki → Luna

夜 → yo → noche

Tres caracteres. Tres conceptos elementales. Y sin embargo, entre ellos se despliega un mundo entero de imágenes, sensaciones y significados que ninguno de los tres contiene de forma explícita. Eso es algo que siempre me ha fascinado del japonés: su capacidad para condensar en muy poco espacio mucho más de lo que dice.

Oborozukiyo es una de esas palabras que traen a la mente diferentes escenas que, en principio, no tienen nada que ver con su definición literal. Porque asociado a este término, encontramos el reflejo que se forma cuando la luz de la Luna impacta sobre la neblina que la rodea y crea una cobertura tenue que la hace aún más enigmática. También podemos entender, sin que se haya mencionado expresamente, que nos encontramos en primavera, cuando es más habitual contemplar este suceso casual. Y, por último, oborozukiyo se asocia casi de forma subliminal a esa brisa suave y agradable que nos acaricia durante esos meses del año.

Al igual que ocurre con los poemas haiku, hay elementos de los que no se habla pero que van íntimamente ligados a la palabra. El japonés es un idioma que confía en el receptor, que le deja espacio para completar el mensaje con su propia sensibilidad. No todo se dice. No todo necesita decirse. Y en ese silencio elocuente reside buena parte de su belleza.

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¿Imaginación mía o realidad? Seguramente una combinación de ambas. Ese es justamente uno de los rasgos que más me gusta del idioma japonés: el espacio que se deja para la interpretación en la comunicación. A veces peligroso, claro, por los malentendidos que puede ocasionar. Pero, a su vez, profundamente hermoso por la conexión que se produce con tu parte más íntima y personal. Cuando una palabra te invita a completarla, estás participando en ella. Te conviertes en coautor del significado.

Mi vida en Japón me enseñó a ver más allá de las cosas. A hacerme preguntas que quizá no tengan respuesta pero que moldean y suavizan el juicio. A no precipitarme ante lo que tengo delante porque, casi siempre, hay mucho más que permanece oculto. Sacar conclusiones apresuradas suele llevarte al error. Y eso vale tanto para interpretar una lengua como para leer una situación, una persona o un silencio.

Las palabras como oborozukiyo me recuerdan que lo que vemos nunca es todo lo que hay. La luna brumosa no es menos luna por estar velada. Quizás sea, en ese instante exacto, aún más fascinante que cuando brilla sin nada que la envuelva.

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