Hanami: el placer de contemplar las flores - Marcos Cartagena

Hanami: el placer de contemplar las flores

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Portada Hanami

Estoy seguro de que esta es una palabra que ya has escuchado antes. Sobre todo si tienes, aunque solo sea de forma muy ligera, cierta atracción hacia la cultura japonesa. Aquellos que hemos vivido allí sabemos que principalmente es una palabra que se utiliza en una época muy concreta del año, y esta no es otra que la floración de los hermosos cerezos nipones.

El Hanami es una práctica que consiste en reunirse para contemplar las flores de esos preciados árboles, acompañado de personas queridas, para disfrutar juntos de la efímera belleza que la naturaleza regala durante ese breve periodo de tiempo. Hoy, en la serie las 100 palabras más bellas de Japón, te hablaré sobre la palabra Hanami y su delicado significado.

Hanami

花見

El placer de contemplar las flores

hana – «flor»

mi – «mirar»

Imagen hanami 1

Recuerdo muy bien cuántas veces me imaginé a mí mismo estando en Japón y presenciando ese asombroso acontecimiento en el que miles de cerezos se inundan de flores casi al mismo tiempo. Cuando veía las fotos que había en internet, no daba crédito. ¿Cómo podía haber algo tan bonito? Aquellos que me conocen saben que tardé casi diez años en poder hacer realidad mi sueño de ir a vivir a Japón durante un año y, cuando por fin lo hice, esperaba con impaciencia que llegara la primavera.

Teniendo en cuenta que aterricé en el país del sol naciente a principios del mes de septiembre, todavía tenía una larga espera por delante. Conforme avanzaban los meses y el invierno iba cediendo terreno, la anticipación crecía dentro de mí de una forma que pocas cosas han conseguido antes. Pero cuando ya apenas quedaba un mes para la floración, sucedió algo inesperado que lo cambió todo. ¿Recuerdas el gran terremoto del 11 de marzo de 2011 en el que parecía que la isla de Japón se hundía bajo el agua? Es difícil de olvidar, principalmente para mí, que estaba allí cuando todo ocurrió.

No voy a detenerme demasiado a contaros con detalle lo que viví a lo largo de esos interminables días que siguieron al terremoto, porque daría lugar a un relato demasiado extenso. Pero sí que os diré que me vi obligado a salir de Japón durante unos días con la preocupación de que se desatara en el país un holocausto nuclear debido al daño que provocó el tsunami posterior al terremoto en la central nuclear de Fukushima. Hui de Japón sin saber si regresaría, a la espera de ver cómo evolucionaba la situación.

Imagen hanami 2

El momento de disfrutar del Hanami

El motivo por el que os cuento esto es porque el terremoto ocurrió en marzo, poco tiempo antes de que los cerezos de Kioto —ciudad en la que residía— empezaran a florecer. La posibilidad de volver a España e interrumpir mi sueño de vivir un año en Japón estaba sobre la mesa. Todo se decidiría en los días siguientes, y si vería o no los cerezos en flor era ya una incógnita.

Finalmente, todavía sin la certeza de que nada grave fuera a ocurrir, decidí volver a Japón. Una de las ideas que me rondaba la cabeza era que no estaba dispuesto a irme de allí sin vivir de primera mano la experiencia de presenciar ese increíble espectáculo de la naturaleza. No sé si fue inconsciencia, exceso de confianza en la vida o una mezcla de ambas. Pero aterricé de nuevo en Kioto cuando los primeros capullos del sakura empezaban a abrirse. Había llegado el momento de disfrutar del Hanami.

Las 87 palabras más bellas y sabias de Japón, el libro de Marcos Cartagena

Imagen hanami 3

La belleza de la enorme cantidad de árboles repletos de flores

¿Valió la pena el riesgo? Ya os puedo decir que sí. Ni siquiera todas las fotos que había visto anteriormente, ni la gran expectativa que había construido en mi mente, pudieron superar lo que mis ojos contemplaron en aquellas maravillosas dos semanas. No tengo palabras para describir la belleza que supone ver esa enorme cantidad de árboles repletos de flores.

Diferentes variedades de sakura hacen las delicias de los japoneses, que comienzan a salir de casa abandonando el letargo del invierno para sentarse al amparo de sus tupidas ramas y disfrutar junto con las personas que más quieren del inicio de una nueva primavera. Los parques, los templos, las orillas de los ríos… todo se transforma. La ciudad entera respira de otra manera durante esas dos semanas. Y los japoneses, lejos de dejar que ese momento pase desapercibido, lo convierten en un ritual colectivo de gratitud y presencia.

Hay muchos aspectos que destacaría de esa vivencia que tuve en Japón. Uno de ellos fue la profunda sensibilidad que percibí en los japoneses a la hora de apreciar la belleza de los paisajes y el cariño que les tienen a esos ancestrales árboles. No era solo admiración estética; era algo más parecido al amor, a una gratitud genuina hacia la naturaleza por ese regalo efímero y sin condiciones.

Precisamente ahí reside una de las enseñanzas más poderosas del hanami: la importancia de lo efímero. El sakura florece durante apenas dos semanas. A veces menos, si el viento o la lluvia se adelantan. No hay manera de retenerlo. No puedes guardarlo en una caja ni pedirle que espere. Solo puedes estar presente y mirarlo. Y en esa imposibilidad de quedártelo se esconde toda su magia. Los japoneses lo saben, y por eso lo celebran con tanta intensidad. No como despedida, sino como abrazo al instante que está ocurriendo.

En momentos así sentí más que nunca la importancia que tiene desarrollar un vínculo cercano con la naturaleza. Y para ello, deberíamos practicar más Hanami. No solo con las flores, sino con todo. Salir al campo, conectarse con la esencia y contemplar en el presente la innumerable cantidad de elementos hermosos que nos rodean. Porque la belleza no suele escasear; lo que a veces falta es la mirada dispuesta a recibirla.

Vivimos tan acelerados, tan pendientes del siguiente paso, que olvidamos detenernos a observar lo que ya existe delante de nosotros. El hanami nos invita a hacer exactamente lo contrario: a sentarse, a respirar, a mirar. A elegir deliberadamente la contemplación sobre la actividad. A recordar que algunos de los momentos más valiosos de la vida no suceden cuando estamos haciendo, sino cuando simplemente estamos siendo.

Dos kanjis sencillos: flor y mirar. Pero juntos encierran una filosofía completa. Una invitación a parar, a elevar los ojos y a dejar que la belleza del mundo entre dentro de ti, aunque solo sea durante un instante fugaz. Y si para ello hace falta ponerse bajo un cerezo en primavera, creo que merece absolutamente la pena intentarlo.

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