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Aquí llega la nº 3 de la serie #Las100PalabrasMasBellasdeJapon. Una palabra encaminada a hacerte comprender que todo lo que nos sucede en la vida, sea bueno o malo, nos hace más fuertes.
Kintsugi (金継ぎ) da nombre a un tipo de artesanía originaria de Japón que alberga un profundo significado. Su traducción literal es «arreglos de oro» o «carpintería dorada», y consiste en reparar objetos de cerámica o porcelana que se han roto utilizando como adhesivo una mezcla de resina del árbol urushi y polvo de oro (también puede emplearse plata o platino). Si separamos los kanji que componen la palabra, lo vemos con claridad:
金 – kin – ‘oro’
継ぎ – tsugi – ‘parche, continuidad, reparación’
Según los artesanos del kintsugi, los objetos tienen una historia que mostrar al mundo y en ningún caso deberíamos ocultarla. Las roturas y los desperfectos son también parte de su ciclo vital. Por eso, cuando un cuenco bonito se hace añicos, los maestros del kintsugi no lo disimulan: lo recomponen realzando la fractura en lugar de esconderla, y con esa mezcla de resina y metales preciosos le otorgan un elegante halo de erudición y misticismo. Esas hermosas señales relucientes acaban por convertirse en una parte más del objeto e infunden en él una apariencia exclusiva.
El resultado es una pieza que vuelve a la vida sin avergonzarse de sus cicatrices, luciendo una preciosa conexión dorada que, en muchos casos, llega incluso a aumentar su valor de origen. Y es que, como ningún objeto se rompe de la misma forma que otro, tras el arreglo se consigue una obra única e irrepetible. Lo que antes era un defecto pasa a ser, precisamente, aquello que la hace especial.
Aunque en realidad esta palabra solo da nombre a un hermoso arte ancestral, la enseñanza que lleva implícita es profunda y está llena de significado. Viene a decirnos que las marcas que portamos nos hacen especiales, y que el dolor y los peores momentos, cuando sanan, nos vuelven más sabios y experimentados. Nos anima a no esconder nuestra vulnerabilidad, sino a aceptarla como una parte de nosotros de la que, además, podemos llegar a sentirnos orgullosos.
Piénsalo un momento: una cicatriz es una herida que se ha cerrado. Es la prueba de que hemos superado un momento de adversidad y nos hemos reforzado ante él. Las cicatrices, por norma, tienen una piel más dura y resistente que la que había antes de la lesión. Con el fin de restaurar el daño, el cuerpo fortifica la zona con mayor intensidad y se asegura así de que no volverá a abrirse. Lo que un día fue una herida termina siendo, con el tiempo, una de las partes más fuertes de nuestro cuerpo.
Las personas hacemos exactamente lo mismo con nuestro mundo interior. Quien somos hoy es la suma de todas las experiencias vividas hasta el momento actual: también de las difíciles, quizá sobre todo de ellas. Las marcas que han quedado son nuestras cicatrices de oro y, por ello, no deberíamos sentir vergüenza al mostrarlas. De manera similar a como el kintsugi embellece las piezas que restaura, cuando nos levantamos tras un tropiezo nos elevamos como seres más valiosos de lo que éramos antes de caer.
Por eso, la próxima vez que mires atrás y recuerdes un momento que te rompió, prueba a observarlo con otros ojos. No como una grieta que esconder, sino como una línea dorada que cuenta quién eres y todo lo que has sido capaz de superar. Esa es la verdadera lección que encierra esta palabra, porque el kintsugi es, en realidad, el arte de renacer fortalecido ante la adversidad.





