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En esta nueva entrega de una de las #100PalabrasMasBellasdeJapon te traigo una palabra que quizás te explique una costumbre que has tenido siempre y que nunca has sabido cómo llamar. ¡Hoy puede que por fin sepas hacerlo!
¿No te ha pasado alguna vez que, sin darte cuenta, acabas comprando más libros de los que, pisando los pies en la tierra, tienes la capacidad de leer? A mí me ha pasado más veces de las que soy capaz de contar. Pues ahora ya puedes ponerle nombre a este curioso hábito y decirlo con tan solo tres sílabas: Tsundoku. Sus dos kanji lo dejan bastante claro:
積 – tsun – «apilar, acumular»
読 – doku – «lectura»
Apilar lecturas. Acumular libros. Eso es, en esencia, lo que hace quien practica el tsundoku: rodear su vida de títulos que ha ido comprando con la mejor intención y que, de momento, esperan pacientemente en la estantería. Como me gustan estas palabras japonesas que no tienen una traducción directa al español y que, sin embargo, iluminan con una sola voz algo que todos reconocemos de inmediato.
Pero, como en todo, lo importante no está en el significado literal de las cosas, sino en la interpretación. Para mí, esta palabra alberga algo mucho más profundo que la costumbre aparentemente poco productiva de acumular libros que nunca acabas leyendo. Habla de aquellas personas que, en un gran afán por ampliar su conocimiento, creen que van a poder leer más de lo que el tiempo libre del que disponen les permite. Y eso, lejos de ser un defecto, dice mucho de ellas.
Tsundoku refleja uno de esos instintos importantes y primarios del ser humano que nos diferencia del resto de animales: la curiosidad. La necesidad por el saber. La voluntad de expandir nuestra consciencia gracias al conocimiento. Así que, si eres de los que practica el tsundoku, con esta palabra te estoy dando alguna razón más para no sentirte mal por ello.
Aunque, bueno, lo ideal sería que poseyeras solo lo que puedes abarcar. No está el mundo como para ir gastando los valiosos recursos naturales de forma innecesaria.
Y sobre esto precisamente me parece interesante compartir contigo una propuesta que yo mismo aplico en casa para gestionar mi biblioteca particular. Consiste en decidir el número máximo de libros que van a albergar mis estanterías. Ese número puede variar entre cien y trescientos volúmenes, dependiendo del espacio y de cada persona, porque esto es un tema muy personal. Una vez definida esa cifra, lo siguiente es protegerla: intentar no exceder el límite aunque quieras comprar algún nuevo ejemplar o recibas libros de regalo.
¿Y cómo se consigue? La respuesta es donando. Cuando entra un libro nuevo en casa, por norma sale otro. De esta forma, siempre mantienes la misma cantidad. Yo, por ejemplo, tengo siempre un montoncito de libros que ofrezco a mis visitas. Les digo que los revisen y que, si ven algún título que les interesa, se lo lleven al marcharse. También puedes donarlos a una biblioteca o llevarlos a una tienda de libros de segunda mano.
Lo importante es que esos libros no estén ocupando espacio innecesario y saturando las estanterías. Pero sobre todo, y esto es lo que más valoro: considero muy positivo no dejar que los libros se llenen de polvo cuando podrían estar nutriendo de valiosa información a otras personas. Un libro bien donado sigue viajando, sigue cumpliendo su propósito. Y tú, mientras tanto, puedes seguir practicando el tsundoku con un poco más de consciencia y, por qué no, con algo menos de culpa.
Esta palabra forma parte de la serie Las 100 palabras más bellas de Japón. Descúbrelas todas.





