Kamikaze: El viento divino - Marcos Cartagena

Kamikaze: El viento divino

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kamikaze

Todos hemos escuchado alguna vez la palabra japonesa kamikaze. Sabemos que kamikaze fue la forma en la que los japoneses llamaban a los soldados que, en un enorme acto de patriotismo y locura, se suicidaban estrellando sus aviones contra los objetivos enemigos con el fin de causar el mayor daño posible. Este método de ataque desesperado se sintió con fuerza durante muchas de las batallas que tuvieron lugar en la guerra de Japón contra EEUU, en las que cientos de pilotos japoneses dieron su vida por su patria. En base a estos hechos, la mayoría de la gente cree que kamikaze quiere decir suicida. Pero en realidad, alberga un significado mucho más profundo que ese. Hoy, en la nº 32 de la serie #Las100PalabrasMásBellasdeJapón te contaré una historia que seguramente nunca habías escuchado antes y por fin entenderás el porqué de esta enigmática palabra.

Kamikaze

神風

El viento divino

ejercito huno

Las invasiones del temido ejército de los hunos

Hace muchos siglos, Mongolia se convirtió en el mayor imperio del mundo antiguo. Comandados por Kublai Khan y en pleno auge conquistador, en el siglo XIII los hunos pusieron sus ojos sobre las islas de Japón. Kublai Khan estaba decidido a enviar cientos de barcos para conquistar el país, pero antes mandó una carta al gobierno japonés exigiendo el pago de unos tributos a todas luces excesivos. Los japoneses sabían que no podían hacer frente a aquellas demandas, así que optaron por no contestar y prepararse para lo peor.

Tal y como suponían, los mongoles lo dispusieron todo para iniciar una invasión. En 1274, Kublai Khan envió una gigantesca flota de barcos con miles de hombres a bordo con la misión de ocupar el archipiélago japonés. Cuando los ejércitos samurái vieron lo que se les venía encima, rezaron a todos sus dioses rogándoles por la salvación. De forma totalmente inesperada, un gran tifón apareció y destrozó una gran parte de la flota enemiga mientras los samuráis se enfrentaban a los hunos en las costas niponas durante lo que fue el comienzo de una sangrienta guerra. Tras el tifón, los soldados de Kublai Khan que ya habían desembarcado quedaron a merced de las afiladas katanas de los samuráis, quienes acabaron con sus vidas y convirtieron en esclavos a los supervivientes.

ejercito huno 2

Decidido a ganar la guerra

Kublai Khan, decepcionado por lo ocurrido y dispuesto a hacer cualquier cosa para vengar aquel desafortunado acontecimiento, volvió a reunir a su ejército y en el año 1281, por segunda vez, lo dirigió contra Japón. En esta ocasión no estaba dispuesto a permitir otra derrota, así que no escatimó en recursos. Unos doscientos mil hombres a bordo de cuatrocientas naves partieron hacia el archipiélago con intención de conquistar hasta la última de sus islas.

Cuando ya todo parecía perdido, los japoneses volvieron a recibir un regalo inesperado. De nuevo otro tifón tomó parte en la batalla y, antes de que el ejército de los hunos pudiera desembarcar, sus fuertes vientos arrasaron por segunda vez la flota y salvaron milagrosamente a los japoneses de una derrota casi segura.

Tras esta segunda humillación, Kublai Khan decidió abandonar la empresa y los japoneses se proclamaron vencedores. Desde entonces, ambas tormentas fueron bautizadas con el nombre de Viento Divino, o lo que es lo mismo, kamikaze. Y aquí está la clave de todo: si desglosamos los dos kanji que componen esta palabra, su significado se vuelve transparente y hermoso a partes iguales.

kami – «dios, divinidad»

kaze – «viento»

El viento de los dioses. No hay trampa ni interpretación forzada: es exactamente lo que los japoneses sintieron que había ocurrido. Dos veces, en el momento en que todo estaba perdido, algo inexplicable intervino a su favor. Para un pueblo profundamente espiritual como el japonés, no había otra lectura posible.

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El ejército japonés de los años cuarenta recuperó estas palabras y las empleó para nombrar a los soldados que estaban dispuestos a dar su vida por la salvación de su amado imperio, incorporándose a las filas de los cuerpos aéreos de élite denominados kamikaze. Estos soldados se consideraban a sí mismos el viento divino que de nuevo daría a Japón la victoria en la que hasta el momento se había convertido en su guerra más importante. Sin embargo, al contrario de lo que sucedió en las antiguas batallas contra los mongoles, ni siquiera los kamikazes pudieron erigir en vencedores a los japoneses, y el país del sol naciente fue derrotado por el ejército estadounidense.

En ningún momento he querido en esta reflexión transmitir mi apoyo por lo que fue una de las unidades de batalla más terribles del ejército nipón. Sin embargo, no deja de asombrarme el hecho de que cientos de soldados fueran capaces de entregar lo más valioso que tenían, sus propias vidas, por una causa enfocada en un supuesto bien común. Estoy convencido de que la influencia de la cultura samurái y del código del bushidō, en el que valores como el honor y la lealtad son pilares esenciales, ha tenido mucho que ver en el modo en que actuaron aquellos soldados. Una sociedad con una mentalidad profundamente colectivista, capaz de sacrificarse por el grupo y con la creencia firme de que existe un bien mayor que uno mismo al que deberíamos servir.

En mi opinión, aquello que pierde su punto de equilibrio y se acerca a un extremo nunca es lo más recomendable. El caso de los kamikaze es un ejemplo claro de cómo los extremos pueden llevar a las personas a hacer cosas que superan la ficción. ¿Cómo iban a imaginar los soldados americanos que los aviones japoneses se estrellarían contra sus barcos con la vida de su piloto en el interior? Su espíritu exacerbado del colectivo llevó a los japoneses a proteger su nación por encima incluso de sí mismos.

Pero hay algo más en todo esto que me resulta profundamente revelador. El ser humano tiene una capacidad sorprendente de luchar por sus ideales. Tanta, que es capaz incluso de anular uno de sus instintos más poderosos: el de la supervivencia. Si lográramos poner toda esa energía y esa devoción en una dirección que nos impulsara a construir un lugar mejor para todos, en vez de utilizarla para destruirnos a nosotros mismos, podríamos vivir en un mundo verdaderamente maravilloso. Los extremos nunca son buenos, y en el punto medio está la virtud. Esa es, para mí, la enseñanza más valiosa que aquellos pilotos nos dejaron a todos los que hemos llegado a conocer su historia.

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