Makokoro: Aquel que piensa en los demás, incluso por encima de sí mismo - Marcos Cartagena

Makokoro: Aquel que piensa en los demás, incluso por encima de sí mismo

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Sin duda alguna, diría que esta palabra es una de las que mejor representan la esencia más pura del espíritu japonés. De hecho, nunca hubiera llegado a conocerla si no llega a ser porque una persona japonesa muy especial para mí me la dio a conocer. Y, curiosamente, esa persona es la viva imagen de todo lo que Makokoro pretende transmitir: un corazón puro que es capaz de pensar primero en el prójimo antes que en sí mismo. Aquí llega el nº 28 de la serie #Las100PalabrasMasBellasdeJapon y junto a ella, una historia personal que no va a ser fácil de escribir para mí.

Makokoro

真心

真 – ma – «completamente»

心 – kokoro – «corazón»

Aquel que piensa en los demás, incluso por encima de sí mismo

En el cajón de los buenos recuerdos guardo la memoria del día que conocí al señor Tokuda y a su mujer Sanae. Un entrañable matrimonio de ancianos japoneses que me acogieron como a un hijo en su casa durante varios meses en una de mis estancias en Japón.

Conocerlos ha sido uno de los mayores regalos que la vida me ha hecho. ¿Y sabéis qué? Fue por casualidad, como muchas de las cosas buenas que ocurren. De hecho, la suerte de dar con ellos vino precisamente por un acontecimiento desafortunado que me ocurrió justo antes.

Después de mi primer año de estudiante en Japón, decidí que volvería tres meses más para seguir aprendiendo el idioma. Mi intención era reservar la misma habitación de Kioto donde ya había vivido anteriormente. Envié un correo electrónico a la dueña de la casa para comunicarle mi intención de regresar y, por lo que yo entendí, la habitación me estaría esperando a mi vuelta. Sin embargo, una serie de malentendidos hicieron que la dueña pensara que al final no estaba interesado y se la reservó a otra persona sin decirme nada.

Cuando solo quedaba apenas un mes para ir a Japón, volví a escribirle para confirmar los detalles de llegada y fue justo en ese momento cuando me llevé la desagradable sorpresa de saber que, a escasos treinta días de mi viaje, no tenía un sitio en el que quedarme. Me puse a buscar como loco por internet, pero para esas fechas —que coincidían justo con la floración de los cerezos en abril— ya estaba casi todo reservado y lo poco que había disponible se escapaba totalmente de mi presupuesto. ¿Qué iba a hacer?

Le di muchas vueltas a las diferentes alternativas que tenía y cuando ya lo daba todo por perdido, una idea estrambótica vino a mi cabeza. Durante ese primer año en Japón, había estado recibiendo clases particulares de caligrafía japonesa con una señora encantadora llamada Tatsumi. Con el tiempo habíamos entablado una relación muy bonita y se puede decir que llegamos a ser amigos. Durante las clases, no solo me enseñó a escribir con el pincel, también me transmitió mucho acerca de la cultura japonesa, lo cual me permitió entender muchas cosas para las que antes no encontraba explicación. En un momento dado, la señora Tatsumi me ofreció que si alguna vez volvía a Japón, podría quedarme en su casa como invitado, ya que tenían una habitación disponible para huéspedes. No me especificó nada al respecto, pero yo suponía que se refería a unos días, no varios meses. La idea que se me ocurrió fue: ¿y si le proponía hacer un homestay para alojarme en su casa durante esos tres meses a cambio de una renta mensual?

Al principio me pareció una ocurrencia descabellada y fuera de lugar, pero los días corrían y, conforme se acercaba la fecha, las posibilidades de encontrar algo decente para vivir durante ese período se reducían. Así que me armé de valor y escribí una carta en japonés —de mi puño y letra, enviada por correo certificado para que viera mi compromiso— explicándole lo que me había ocurrido con la habitación que supuestamente había reservado en Kioto y mi petición de convertirme en su hijo adoptivo durante unos meses. ¿Qué podía perder? ¿Mi vergüenza, quizá?

Pasé unos días de nervios esperando la respuesta hasta que por fin un correo de Tatsumi llegó a mi bandeja de entrada. ¿La respuesta? Me dijo que no podía ser… que justo durante ese período iba a recibir unas visitas y que muy a su pesar no podía alojarme en su casa. La verdad es que me quedé abatido después de leer ese mensaje. Por algún motivo estaba convencido de que me iba a decir que sí. De hecho, había puesto todas mis cartas en ese intento y no había seguido buscando. Ahora ya no tenía un mes por delante, sino tan solo quince días.

Pero aquí llega la magia que a veces la vida se guarda bajo la manga. Pocos días después de recibir aquel primer mensaje, Tatsumi volvió a escribirme. Al parecer, se había sentido mal por no haber podido atender mi sugerencia y, para mi sorpresa, había hablado con un matrimonio de amigos suyos que en algún momento habían sido voluntarios para alojar a jóvenes extranjeros en su casa, y les pidió el favor de si podían hacerlo una vez más conmigo. Les había dicho que yo era un buen chico. Ese matrimonio eran el señor y la señora Tokuda.

¿No es misteriosa la vida? Cuando pensaba que la situación no podía ir peor, apareció una posibilidad que lo arreglaba todo. Reconozco que al principio me producía cierta inquietud vivir varios meses en casa de dos desconocidos, pero no podía rechazar una oportunidad así.

Tardé muy poco en ser consciente de lo afortunado que había sido con ese encuentro fortuito. El señor Tokuda se convirtió en un referente para mí. En un guía que me abrió las puertas de un mundo hasta entonces desconocido. En aquellos meses que pasé junto a ellos fue cuando realmente pude empezar a comprender lo que esconde el misterioso espíritu japonés, aparentemente lleno de contradicciones y enigmas.

Lo que siento hacia él y su mujer Sanae es gratitud pura por lo que me dieron tantas veces de forma genuina y desinteresada. Siempre pendientes de mí para ofrecerme su respaldo cuando lo necesitaba. Establecí con ellos un vínculo tan fuerte que desde entonces los he considerado mis padres japoneses.

Las 87 palabras más bellas y sabias de Japón, el libro de Marcos Cartagena

Yo no lo sabía en el momento que lo conocí, pero el señor Tokuda era una persona makokoro. «Ma» (真) significa «completamente» y «kokoro» (心) significa «corazón». Su traducción literal es «completamente corazón» y se utiliza para hablar de aquellas personas que tienen una esencia pura y que, de algún modo, tratan de influir de manera positiva en la vida de los demás. No es un término que se emplee a la ligera: lo reservamos para quienes entregan lo mejor de sí mismos sin esperar nada a cambio.

Sé que esta entrada es más larga de lo normal. Me he extendido para contar esta historia porque me gustaría que sirviera también como homenaje a una gran persona que siempre llevaré conmigo y que, lamentablemente, ya no se encuentra entre nosotros. Poco después de comenzar la pandemia de la covid-19, recibí un doloroso mensaje suyo en el que me informaba de que estaba gravemente enfermo. Debido a las restricciones de movimiento que la epidemia trajo consigo, ni siquiera pude ir a Japón para verle y acompañarle en aquellos difíciles momentos. Poco después, su mujer Sanae me escribió para decirme que había fallecido.

El último contacto que tuvimos fue una llamada telefónica que le hice después de recibir su mensaje. Me resultó complicado mantener la compostura al escucharle hablar como si se estuviera despidiendo. Con voz tranquila y actitud serena, él sabía que había llegado su hora. Sentí una opresión en el pecho cuando, al término de la conversación, me dijo que estaba muy orgulloso de mí y de todo lo que había logrado. Por el libro, por los viajes a Japón que organizamos y, particularmente, por haberme convertido en una gran persona. Antes de colgar me pidió por favor que siguiera transmitiendo al mundo el lado más admirable de Japón. Una cultura que él amaba y por la que siempre ha sentido verdadera devoción.

Los japoneses saben muy bien cómo contener sus emociones para no entristecer a otros con su dolor. En ocasiones, al hablar con ellos, puedes llegar a tener la falsa impresión de que su carácter es frío y carente de empatía, cuando en realidad lo llevan todo dentro y su nivel de sensibilidad es incluso mayor que el nuestro. Creo que hubo un instante en aquella conversación en el que el señor Tokuda estuvo a punto de dejar ver su verdadero sentir: el hilo de su voz tembló durante unos breves segundos al recordar el argumento con el que la profesora de caligrafía los había convencido para acogerme en su casa:

マルコスはいい子だから

Marcos ha ii ko dakara.

«Porque Marcos es un buen chico.»

Esas pocas palabras, pronunciadas por Tatsumi, fueron las que cambiaron el rumbo de mi vida en Japón.

Son tantos los pequeños gestos que tuvo conmigo que no sé ni por dónde empezar. Pero quiero mencionar el último, y quizá el más significativo de todos. Muchas de las palabras japonesas que he aprendido y compartido a lo largo de estos años son gracias a él, y te cuento por qué. En uno de mis frecuentes viajes a Japón, en los que siempre aprovechaba para visitarles, le comenté la idea de escribir un libro en el que recopilaría las palabras más bonitas de su idioma y relataría el especial significado que pretenden transmitir. El señor Tokuda me escuchó atentamente con una sonrisa y me animó a que diera lo mejor de mí en ese nuevo proyecto. Lo que no podía imaginar es que, en la siguiente visita que les hice, me recibiría con una lista de varias hojas en la que había recopilado decenas de palabras, divididas por categorías, que según su criterio podría incluir en el libro. No sé cuántas horas de su tiempo invirtió para elaborar ese amplio documento. Solo tengo el convencimiento de que lo hizo porque era una persona makokoro.

Quiero terminar con un haiku muy especial que compuso Juan, uno de los viajeros a los que acompañé por Japón como guía, en agradecimiento por haberle abierto las puertas del país y haberle transmitido sus sabias lecciones de vida. Lo tituló El haiku de la araña y, a través de sus versos, buscó capturar el papel del mentor durante el viaje. Cuando lo releo, no puedo evitar ver al señor Tokuda reflejado en él, porque aunque ahora me corresponda a mí ejercer esa labor, él la hizo primero conmigo:

雲織ってさ 蛛が住み着いて

朝日映

La araña teje / el rocío se deposita / un sol naciente que se refleja.

El señor Tokuda siempre decía que el día que dejara este mundo, estaría contento porque volvería a ver a su querida madre. Hoy sé que estará feliz porque habrá vuelto a reunirse con ella. Desde aquí, te envío todo mi amor y afecto. Algún día volveremos a encontrarnos y en ese momento, yo también estaré feliz.

ずっとあなたのことを心中で持ちます。今まで本当にありがとうございました!

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