Arugamama: aceptar que las cosas son como son
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Arugamama

Esta quizás sea una de las verdades que más nos cuesta interiorizar. Las cosas son como son y no como a nosotros nos gustaría que fueran. A veces, las personas nos empeñamos en cambiar una realidad que no está a nuestro alcance. En no aceptar que hay elementos de la vida que se encuentran dentro de nuestro círculo de influencia y otros que no.

Arugamama

在るが儘

Las cosas son como son

Arugamama es una palabra frecuentemente utilizada por el budismo Zen. Si estudiamos los símbolos kanji que la constituyen, obtenemos una comprensión mucho más rica de lo que encierran:

在るがaruga – «algo que hay, algo que existe»

mama – «en su forma original»

Podríamos traducirla literalmente como «lo que existe tal como es». Para el budismo Zen, arugamama representa una forma de armonizarse con la naturaleza y de aceptar en paz verdades tan grandes y evidentes como que en invierno hace frío y en verano hace calor. Es algo que no podemos cambiar. Pelearnos con ese hecho y sufrir por ello sería un acto inútil e improductivo. Sin embargo, lo que sí podemos cambiar es cómo afrontamos ese hecho indiscutible que está totalmente fuera de nuestro control, y qué hacemos al respecto.

Qué sencillo es y, a la vez, qué complicado. El ser humano lleva siglos lidiando con esta cuestión. Epicteto, uno de los precursores de la filosofía estoica, ya lo decía hace casi dos mil años:

«Lo que importa no es lo que te sucede, sino cómo reaccionas a lo que te sucede.»

Esta breve pero potente frase refleja la esencia de Arugamama. De manera directa y clara nos da a entender que, aunque no esté en nuestras manos dirigir el curso de ciertos acontecimientos, siempre seremos dueños de la forma en la que reaccionamos ante ellos. Y es justamente eso lo que, en última instancia, nos hace verdaderos dueños de nuestras vidas.

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Arugamama es una palabra que habla de aceptación. Habla de dejar de lado la resignación y el resentimiento que cargamos cuando algo no ocurre como hubiéramos querido y nos negamos a asumirlo. Hay personas que llegan a construir una verdad paralela en su mente y se autoengañan con ella, o simplemente se lanzan a los brazos del victimismo, del juicio y de la queja constante, como si eso fuera a ayudarles en algo.

Yo he visto ese mecanismo en acción muchas veces, también en mí mismo. Es fácil refugiarse en la narrativa de que «la culpa es del mundo» cuando la realidad no se acomoda a nuestras expectativas. Pero ese refugio tiene un precio muy alto: el de perder el tiempo y la energía que podríamos invertir en lo que sí está a nuestro alcance.

El verdadero valor reside en observar los hechos de frente, sin apartar la mirada. Consiste en entender que la vida sigue su curso y que nosotros podemos decidir si vamos a ser arrastrados por ella, o por el contrario, vamos a correr a su lado.

Arugamama es un punto de partida. Es un mantra que nos lleva a la siguiente reflexión:

«Vale, esto es así, y ahora, ¿qué puedo hacer al respecto?»

Es el inicio del cambio. Un momento en el que dejamos de lado la frustración de no tener el control y empezamos a recobrar la tranquilidad que nos permite centrarnos en aquello en lo que sí podemos influir. Cuando rechazamos el rol de víctima y asumimos la responsabilidad que nos pertenece, ganamos confianza y aumenta nuestra capacidad para resolver problemas. Podemos hacer preguntas, buscar consejos, escuchar y aprender. Y, sobre todo, tomar decisiones que nos lleven a la acción. Sin ella, de nada sirven todos nuestros esfuerzos.

Hay algo muy liberador en este proceso. Cuando dejamos de gastar energía en resistir lo que no podemos cambiar, esa energía queda libre para construir, para avanzar, para crear. La aceptación no es rendirse; es, paradójicamente, el primer movimiento real hacia adelante.

Para mí, aceptar la realidad tal cual es, aceptar Arugamama, es la única forma de vivir en paz. Y la paz, tal y como yo la veo, es el estado más cercano a la felicidad que existe.

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Esta palabra forma parte de la serie Las 100 palabras más bellas de Japón. Descúbrelas todas.

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